La vida nos prepara en algunos momentos una mesa y nos sienta frente a nuestros miedos, impotencias. Si estamos en frente, entonces los vemos cara a cara, y tomamos distancia de ellos, dejan de ser una carga y una carga no conocida. Sentarnos frente a ellos es reconocerlos y hacerse cargo de esa debilidad, de esa parte sombría que tenemos.
Allí están nuestros complejos, los mandatos que nos condicionan, que nos aprisionan, que bueno sería que dialoguemos con ellos, que podamos decirle todo lo que nos hace sentir y que ellos nos cuenten, porque están y de donde vienen.
Preguntémonos, a quienes sentaríamos en la mesa, cual es ese mandato que no nos deja ser o estar donde queremos.
Se que no es fácil, que es preferible, no verlos ni escucharlos, pero si no tomamos el coraje de mirarlos cara a cara, de escucharlos, de sentarnos con ellos en la mesa de nuestra vida, nos estamos perdiendo la oportunidad de conciliarnos con esa parte que tanto tememos, de mirar desde otro lugar, donde nos sentimos amados y valiosos.
Para ello es menester descubrir nuestros talentos, nuestras virtudes, nuestras capacidades. ¿Quien se sienta en la mesa frente a su enemigo? Aquel que confía en si mismo, aquel que reconoce que tiene potencias, que tiene algo para ofrecer. Sabe que tiene dudas, interrogantes, pero confía que en el dialogo mismo va a ir descubriendo la verdad, esa verdad que lo fortalecerá, confía aún con sus miedos, puesto que tiene fundamentos, es decir donde sustentarse.
Yo las invito a todas las mujeres, a sentarse en la mesa con sus propios condicionamientos, con sus propios defectos y a dialogar, buscando la conciliación y porque no, descubrir que ellos han colaborado no solo negativa sino positivamente a la valoración, a la comprensión, a la confianza en cada de una las relaciones de nuestra vida.
Este post fue publicado
el 28/05/2009 a las 7:41 pm en la categoría La columna de Claudia.
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