Los decretos son deseos profundos que emergen desde nuestro interior con fuerza y pasan a ser parte de una realidad; aún cuando esta no se haga presente. Son órdenes y se realizan con autoridad, con esa autoridad que se impone.
Vivimos y nos posicionamos en la vida desde ellos, decretos que muchas veces no son nuestros, sino de otros, y los hemos recibido haciéndolos propios. Pero cuando llegaron a nuestras profundidades, chocaron con nuestros deseos, anhelos, muchas veces oscureciéndolos, y así, nos dividieron, o peor aún, dejaron dormido nuestro ser.
Nuestra bronca, nuestro mal humor, nuestra tristeza es a veces esa disonancia entre ese mandato y los sueños que habitan en una.
Para soltar los decretos ajenos, los que no nos pertenecen, los que nacieron de los deseos de otros, es menester que podamos sentirnos importantes, que podamos querernos.
Muchas veces los decretos desde donde nos posicionamos nacen de nuestras propias heridas, carencias, desde una realidad oscura, de una herida abierta. Entonces es bueno volver y perdonar y perdonarse, poder iluminar esa situación, ese momento donde el dolor, la decepción, tal vez fueron como la basura que obstaculiza el paso del río de la vida.
Cerremos los ojos para que podamos escuchar lo que nuestro corazón esta clamando, el tiene las respuestas y no temamos, allí esta lo mejor de uno, lo que nunca nos va a equivocar.
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