Ya se los había adelantado el sábado a la tarde-noche, pero ahora se los cuento bien para que puedan dormir bien y dejen de preocuparse por mi salud (?)
Resulta que el viernes a la siesta falleció un conocido locutor y empresario riojano, le dio un paro cardiorrespiratorio mientras jugaba al padel, se descompuso en la cancha y no pudo ser reanimado pese a los intentos de quienes estaban con él.
Mis amigos y yo jugamos al padel todos los sábados a la siesta desde hace más de quince años (sin exagerar), y este fin de semana bromeábamos con que íbamos a quedar igual que el Brujo Vergara (el locutor fallecido el día anterior). Es más, nos jodíamos con que no había que correr ni exigirse demasiado porque hacía mucho calor y podíamos palmar en cualquier momento. Al finalizar el primer set les digo jodiendo “Edgardo, ahí vamos”.
Cuando terminó el segundo (ganamos, obvio), me iba a buscar una pelotita que se nos cayó en la casa de al lado y aprovechar para mojarme la cabeza en el baño porque hacía mucho calor, hasta ahí todo bien. Apenas me agaché en la pileta del baño el mundo se me dio vuelta, se me aflojaron las piernas, la panza se me hizo un remolino y se apagaron las luces. Tuve que sentarme en la puerta del baño, pero no quería quedarme ahí porque estaba muy encerrado así que pedí permiso al chico que atiende en la cancha para pasar al kiosco donde pensé que tendría un ventilador o algo.
Al pedo me metí ahí, estaba igual que afuera pero ya no podía moverme como para salir, me quedé tirado en un rincón esperando mejorarme pero en realidad estaba cada vez peor, me dieron muchas nauseas y terminé vomitando varias veces en el piso, ahí al lado de donde estaba sentado.
Mis amigos llegaron todos corriendo y con los ojos grandes, se sacaron las remeras y me empezaron a echar aire, mientras mi primo Víctor llamaba a una ambulancia (como no llegaba se fue hasta la clínica donde se puteó y hasta ofreció cruzar guantes con quién se le anime). Luego del vómito me bajó sueño y cansancio, por lo que me acosté todo lo largo que soy (apenas 1,68) con la cabeza apoyada en la remera hecha un bollo, mientras transpiraba un sudor frío que nada tenía que ver con la actividad deportiva.
Creo que haber descargado el estómago, acostarme y el viento que me echaron los muchachos me hicieron bien porque al ratito estuve recuperado, me levanté y me clavé un gatorade para rehidratarme. Al toque estaba listo para volver a la cancha, pero no daba hacerse el titán y quedar tirado con la lengua afuera así que preferí irme a casa, acompañado por mis primos.
Algunas notitas:
- De los ocho que fuimos a jugar, quedaron apenas cuatro en la cancha (justo como para seguir paleteando un rato).
- La ambulancia de ERI nunca llegó, o sea que podría haberme muerto ahí mismo. Cuando me iba les decía a los que se quedaron en la cancha “si llegan los de ERI díganle que ya vinieron los de la morgue”
- El chabón de la cancha es muy buena onda. Cuando quise ir a limpiarle el piso me dijo que no hacía falta, que él ya lo había hecho, que me quede tranquilo.
- Mis amigos son lo más.